
Ahora que llega el verano, pasamos más tiempo al aire libre. Caminamos por un bosque, nos sentamos frente al mar o contemplamos una puesta de sol. Y pocas veces pensamos que la naturaleza no siempre ocupó ese lugar en nuestra manera de mirar.
En la historia del arte, el paisaje estuvo presente desde muy pronto. Pero durante siglos fue eso: un paisaje de fondo. Los artistas necesitaban una escena religiosa, mitológica o histórica para justificar su presencia. Lo importante no era el bosque, ni la montaña, ni el río. Lo importante era lo que ocurría delante.
No será hasta el siglo XIX cuando el paisaje empiece a convertirse en protagonista.
Primero, los pintores realistas dirigirán la mirada hacia la naturaleza intentando comprender cómo la transforman la luz, la atmósfera o las estaciones. Poco después, los impresionistas darán un paso más: dejarán de preguntarse únicamente cómo es un paisaje para preguntarse cómo se siente.
Y esa idea cambiará para siempre la historia del arte.
Porque las vanguardias entenderán que la naturaleza no solo puede representarse. También puede sugerirse, simplificarse o incluso convertirse en una combinación de colores, ritmos y formas. Al fin y al cabo, un paisaje no solo se mira. También se escucha, se huele, se toca y se experimenta.
Precisamente de todas esas formas de mirar la naturaleza hablaremos en las rutas de arte a la exposición Naturalezas vivas, que realizaremos los domingos 12 y 26 de julio en el Centro Niemeyer.
Porque a veces basta con cambiar la mirada para descubrir que un paisaje nunca es solo un paisaje.








