
Lo confieso: he vuelto al cine a ver La Odisea de Christopher Nolan. Sí, por segunda vez.
Y si alguna vez queréis disfrutar tranquilamente de una película sobre el mundo clásico, no vayáis con una persona demasiado friki de la Antigüedad porque, aunque no digamos nada, se nos oye pensar.
Esta segunda vez salí dándole vueltas a Penélope.
En la película vuelve a aparecer, sobre todo, como la esposa que espera el regreso de Odiseo. Pero esa imagen no es exclusiva de Nolan. Es la misma con la que hemos convivido durante siglos. A Serrat le dio hasta para canción…
Nos han contado que Penélope es el gran ejemplo de la esposa fiel: una mujer paciente que pasa veinte años tejiendo y destejiendo mientras espera a su marido.
Pero basta volver a Homero para descubrir un personaje mucho más interesante.
Cuando Odiseo parte hacia Troya, Penélope queda en una situación excepcional. No depende de su padre, porque está casada; ni de su marido, porque está ausente; ni de su hijo, porque Telémaco aún es menor de edad. Esa combinación de circunstancias hace que sea ella quien quede al frente de Ítaca.
Penélope sabe, además, que esa situación no durará para siempre. Si Odiseo regresa, recuperará el trono. Si se confirma su muerte, tendrá que volver a casarse. Y cuando Telémaco sea adulto, será él quien herede el reino.
Por eso el famoso telar no es solo una historia de amor. Es una estrategia política.
Cada noche, al destejer lo tejido durante el día, Penélope retrasa la decisión de casarse, conserva el poder y protege el futuro de su hijo.
Los pretendientes, mientras tanto, permanecen instalados en el palacio, consumiendo las riquezas de Ítaca. No respetan la voluntad de Penélope porque lo que está en juego no es el amor, sino el control del reino.
Y ella sigue gobernando.
De hecho, cuando Odiseo regresa, el poema da a entender que, con la gestión de Penélope, Ítaca había alcanzado una gran prosperidad antes de que los pretendientes comenzaran a arrasar con sus recursos.
Quizá el problema no sea Homero.
Quizá el problema sea que durante siglos hemos leído a Penélope desde una mirada demasiado simplista. La hemos convertido en el símbolo de la esposa fiel, cuando el poema nos presenta a una mujer inteligente, prudente y capaz de sostener un reino durante veinte años.
Por eso me gusta tanto volver a los clásicos.
Porque muchas veces creemos conocer una historia, cuando en realidad conocemos las interpretaciones que otros hicieron de ella.
Y a veces no hace falta reescribirlos para descubrir personajes femeninos extraordinarios.
Basta con volver a leerlos.
Si después de leer esto os han entrado ganas de volver a la Odisea, os recomiendo Odiseicas. Las mujeres en la Odisea, de Carmen Estrada. Yo se lo he comprado a mi amiga Belén, de Pimentón Dulce, en Avilés. Y si no podéis pasar por la librería, también lo envía a través de su página web. Ya sabéis que siempre que puedo me gusta recomendar el pequeño comercio, y más cuando detrás hay personas que aman tanto los libros como Belén.








