
Hace unos años comenzó a popularizarse un término que, aunque suena muy técnico, plantea una pregunta fascinante: Antropoceno.
La palabra significa, literalmente, la era del ser humano.
No porque antes no existiéramos, sino porque muchos científicos consideran que nuestra capacidad para transformar el planeta ya es comparable a la de las grandes fuerzas de la naturaleza. Durante millones de años fueron los glaciares, los ríos o los volcanes quienes modelaron la Tierra. Hoy, a esa lista habría que añadir otro agente: el ser humano.
Basta mirar a nuestro alrededor.
Desviamos el curso de los ríos. Construimos presas. Ganamos terreno al mar. Transformamos bosques en ciudades, desiertos en campos de cultivo o costas enteras en destinos turísticos.
Y, sin embargo, muchas veces esas transformaciones pasan desapercibidas porque las vivimos desde dentro.
Eso es precisamente lo que me interesa de la obra de Edward Burtynsky.
Sus fotografías están tomadas, casi siempre, desde el aire. Nos obligan a alejarnos para comprender la magnitud de nuestra huella sobre el planeta. Lo que a primera vista parecen pinturas abstractas o paisajes de una belleza extraordinaria son, en realidad, minas, explotaciones agrícolas, glaciares, presas o ríos profundamente transformados por la acción humana.
Y quizá ahí reside la grandeza del arte.
En ayudarnos a ver aquello que la costumbre vuelve invisible.
El próximo domingo 19 de julio recorreremos juntos la exposición Agua, de Edward Burtynsky, en el Centro Niemeyer. Una ruta para hablar de fotografía, de paisaje y de un concepto —el Antropoceno— que nos invita a preguntarnos cómo queremos habitar el mundo.
Porque, al final, esta exposición no habla solo del agua.
Habla de la huella que dejamos sobre ella.








