
La primera vez que fui al Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida fue el verano pasado.
Y este año he vuelto. Creo que es una de esas experiencias que merece la pena vivir, al menos, una vez en la vida.
Sí, en Mérida, en agosto, hace muchísimo calor. Pero merece la pena soportarlo solo por sentarse una noche en un teatro construido hace más de dos mil años.
Hay algo difícil de explicar. No es solo la belleza de la arquitectura o la calidad de las representaciones. Es la sensación de estar ocupando un lugar que, después de tantos siglos, sigue sirviendo exactamente para lo mismo para lo que fue construido: reunir a las personas para escuchar una historia.
Este año fui a ver El viaje de Edipo.
Y mientras veía la obra no podía dejar de pensar en una pregunta.
¿Por qué seguimos representando tragedias griegas?
Porque, si lo pensamos fríamente, son historias muy alejadas de nuestra realidad. Hablan de reyes, de oráculos, de dioses, de familias malditas y de destinos imposibles de esquivar.
Y, sin embargo, dos mil quinientos años después seguimos llenando teatros para escucharlas.
Creo que la respuesta es muy sencilla.
Porque nunca hablaron realmente de reyes. Hablaron de las personas.
Edipo no nos emociona porque matara a su padre o se casara con su madre. Nos emociona porque habla de algo que todos hemos sentido alguna vez: la necesidad de saber quiénes somos, el miedo a descubrir una verdad que pueda cambiar nuestra vida y esa incómoda sensación de que no siempre controlamos nuestro destino.
Quizá por eso los clásicos nunca pasan de moda. No porque hablen de un mundo que desapareció hace siglos, sino porque hablan de cosas que todavía no han desaparecido.
Han cambiado las ciudades, la tecnología y nuestra forma de vivir. Pero las grandes preguntas siguen siendo prácticamente las mismas.
Y quizá esa sea la verdadera magia de un lugar como el Teatro Romano de Mérida.
No sales pensando que has visto una historia antigua.
Sales dándote cuenta de que, dos mil quinientos años después, seguimos reuniéndonos para escuchar las mismas historias porque todavía seguimos buscando las mismas respuestas.








