Hace tiempo vi un vídeo en redes que me hizo gracia y, al mismo tiempo, me hizo reflexionar. Un humorista se ponía una audioguía y lo único que esta hacía era describir lo que él ya estaba viendo: «un hombre», «una mesa», «una silla».
Y pensé: qué surrealista es pagar por que te cuenten lo obvio.
Porque las obras de arte son mucho más de lo que vemos a simple vista. Si solo fueran eso, no necesitarían contexto, ni tiempo, ni conversación. Bastaría con pasar por delante y seguir caminando.
Un cuadro es forma y es contenido. Es técnica, es elección, es cultura visual. Es lo que una sociedad decide mostrar… y también lo que decide esconder. Y por eso muchas veces no se entiende a la primera. A veces ni a la segunda.
Lo vemos a lo largo de la historia del arte: las imágenes esquemáticas del románico nos hablan de una sociedad que prioriza la reflexión frente a lo sensorial; la perspectiva científica del Renacimiento responde a la voluntad de recrear la realidad tal y como la percibe el ser humano; las pinceladas con textura y las manchas cromáticas del Barroco ponen el acento en la emoción, el impacto y el disfrute; y la pintura rápida del Impresionismo refleja un mundo que cambia deprisa, a finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Nada es casual. Todo responde a un momento, a una manera de mirar y de vivir. Por eso hay obras que parecen sencillas hasta que alguien te acompaña a mirarlas con calma. Cuadros que cambian cuando dejas de verlos solo con los ojos y empiezas a leerlos.
Eso es lo que haremos en el MerendArte del martes 20, deteniéndonos en una de esas pinturas que esconden mucho más de lo que aparentan.
No para describirla, sino para darle sentido.
Si te apetece seguir entrenando la mirada y comprobar cómo cambia una obra cuando alguien te acompaña a mirarla:
Audioguía de Maruja Mallo. Máscara y compás
MerendArte “Matrimonio Arnolfini”
Clases presenciales de Historia del Arte en Avilés
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