A lo largo de la historia se ha repetido muchas veces una idea: que para crear hay que estar un poco loco. El mito del artista loco no surge por casualidad. Se construye con fuerza en el siglo XIX, en pleno Romanticismo, cuando aparece también la figura del artista genio: un ser casi elegido, que crea en soledad, iluminado por una especie de revelación divina en su taller.
Pero esta idea no solo es simplista, también es falsa.
Si pensamos en Van Gogh, probablemente el artista “loco” por excelencia del imaginario colectivo, sabemos hoy que no creaba en los momentos de crisis, sino cuando estaba tranquilo. Incluso durante su estancia en el sanatorio de Saint-Rémy, el arte no nace del brote, sino que funciona como herramienta de expresión y de necesidad interna. Para Van Gogh, como sabemos por sus cartas, pintar era una forma de narrar el mundo y de narrarse a sí mismo.
Algo parecido ocurre con Frida Kahlo. Cuando el surrealismo intenta apropiarse de su obra, ella responde con claridad: «Yo no pinto sueños, pinto mi propia realidad». En Frida, el arte no sirve para hablar solo de belleza, sino para dar espacio a las emociones: la tristeza, el dolor, la experiencia del cuerpo. Emociones que hoy, en una cultura obsesionada con la felicidad constante, parecen no tener lugar.
Y luego están casos como Séraphine Louis o Camille Claudel, mujeres creadoras cuya salud mental se vio profundamente afectada, en parte por un contexto que no aceptaba que una mujer tuviera ambición artística. En el caso de Claudel, fue internada bajo el diagnóstico de delirios de grandeza por querer ser artista en una sociedad que no concebía ese deseo fuera del ámbito doméstico.
De todo esto hablaremos el miércoles 4 de febrero en la charla
¿Locos por el arte? Salud mental y creación artística, dentro del Aula de Cultura.
Porque quizá no haya que estar loco para crear, pero sí necesitamos revisar los relatos que hemos heredado sobre el arte, la genialidad y el sufrimiento.








