El tercer lunes de enero se ha bautizado como Blue Monday, el supuesto día más triste del año. Una etiqueta discutible, sí, pero que nos sirve como excusa perfecta para hablar de algo que el arte lleva siglos intentando hacer: dar forma a lo que no la tiene.
El azul ha sido, históricamente, uno de los colores más cargados de significado. Durante siglos no fue un color cualquiera, ni mucho menos accesible. El lapislázuli, del que se extraía el azul ultramar, llegaba a Europa desde Afganistán y era tan caro que, en muchos casos, superaba al precio del oro.
Y en el arte medieval y moderno, el lujo estaba estrechamente ligado a lo divino. Aquello que era costoso, raro y difícil de conseguir se reservaba para lo sagrado, para lo importante, para lo que merecía ser mirado con detenimiento. Por eso no es casual que tantas vírgenes vistan de azul: ese color hablaba de pureza, de trascendencia, de algo que iba más allá de lo terrenal.
Con el paso del tiempo, el azul irá cambiando de significado. Seguirá siendo profundo, introspectivo, melancólico. Picasso lo entendió bien en su etapa azul, cuando utilizó el color para dar cuerpo a la tristeza, a la soledad y a la precariedad. El arte no cura, pero nombra, y a veces eso ya es una forma de alivio.
De todo esto hablaremos el domingo 25 en nuestra Ruta de Arte y Espiritualidad en el Centro Niemeyer, donde el color, la luz y la emoción serán protagonistas.
Y si te apetece seguir explorando cómo los colores construyen significado, aquí van tres lecturas muy recomendables:
- Arte y alquimia, de Barbara Obrist (Taschen)
- La vida secreta de los colores, de Kassia St. Clair (Paidós)
- Los colores simbólicos, de Michel Pastoureau (Acantilado)
Porque incluso en los días más azules, el arte sigue siendo una herramienta para entender lo que sentimos.








